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Givenchy en el Thyssen-Bornemisza

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10 Nov Givenchy en el Thyssen-Bornemisza

Hubert de Givenchy, 87 años de historia de la moda hecha carne, pide un collar de perlas. Quiere que adorne un vestido de noche con flores que diseñó décadas atrás, una de las cien piezas que componen la exposición sobre sus cuarenta años de trabajo en el Museo Thyssen-Bornemisza.

Ese gesto se ha repetido muchas veces en la última semana a juzgar por la cantidad de pendientes, guantes y otros adornos que rematan los maniquíes. Es una de las consecuencias de que el propio diseñador se involucre completamente en una retrospectiva. De esta forma, la muestra -la primera dedicada a la moda que organiza el museo madrileño y que se podrá visitar a partir del 22 de octubre- se convierte en un asunto mucho más emocional que académico. Givenchy ha seleccionado las piezas a partir de sus recuerdos y ha querido que rindieran homenaje a sus clientas y a sus costureras.

Finalmente, esta exposición se convierte en un acto de amor a un oficio y a los que lo hacen posible. Y una ocasión única para que un creador de la era dorada de la alta costura escriba su testamento creativo y deje una fotografía muy precisa de su singular visión de la moda. Es atípico que sea el propio diseñador quien elija cómo quiere ser recordado.

Siempre educado, locuaz a pesar de su cansancio, el que fuera discípulo de Balenciaga no oculta su distancia con la industria actual. “La alta costura correspondía a otra época y la moda debe adaptarse a la vida”, admite. “Yo empecé cuando la alta costura significaba algo. Madame Grès, Balenciaga o Dior eran artistas. La gente aprendía en sus talleres y no se puede reemplazar ese talento.

Hoy muchas firmas hacen estas colecciones para luego vender bolsos y zapatos. Se trata de un asunto financiero. Pero la alta costura era otra cosa: mujeres fieles que amaban vestirse en casa de un diseñador porque el estilo correspondía al suyo. No hay que llorar por el pasado. Pero hoy, como ayer, se trata de hacer cosas que tengan sentido y que no sean vulgares. Incluso con las excentricidades. Balenciaga diseñaba piezas fantásticas pero siempre respetaba el buen gusto y los materiales”.

Resulta pertinente que el amor y la emoción sean el vehículo para explicar una carrera profundamente marcada por las relaciones de admiración. La más célebre fue la que mantuvo con la actriz Audrey Hepburn, pero el vínculo con Cristóbal Balenciaga también fue capital. Tanto como para que el hermético diseñador (1895-1972) le prestara materiales y costureras y le pasara su clientela cuando cerró su casa en 1968. “Estéticamente, Givenchy es el discípulo más cercano a Balenciaga”, analiza Miren Arzalluz, experta en el creador español. “Y, a diferencia de su maestro, tuvo la oportunidad de llevar el concepto al prêt-à-porter. Primar la línea sobre el adorno, la importancia de los tejidos… Todo eso lo aprendió de Cristóbal Balenciaga y lo utilizó en las décadas sucesivas”.

Yo no merezco esto", exclamó el diseñador al llegar al museo y ver los carteles con su nombre

 

Es imposible desligar la trayectoria de Hubert de Givenchy (Beauvais, 1927) de la historia de la moda de los últimos 60 años. Abrió su casa en 1952, en la era dorada de la alta costura, y se retiró en 1996. Estuvo entre los primeros en probar suerte con el prêt-à-porter -donde se aventuró ya en 1954- y brilló gracias a la silueta saco y a prendas sueltas como la blusa Bettina, que anticipaban el deseo de escapar al dictado del atuendo completo.

Tras vender su compañía al mayor grupo de lujo del mundo, Louis Vuitton Moët Hennessy (LVMH), aguantó siete años al frente. Después de su retirada, John Galliano, Alexander McQueen y Julie Macdonald le sucedieron para tratar de rejuvenecer la compañía y desde 2005 es Riccardo Tisci quien diseña en su nombre con notable éxito.

givenchy-6Pero no parece que Givenchy esté del todo de acuerdo con lo que el mediático italiano produce en la actualidad. “Prefiero no hacer comentarios”, responde para ofrecerlos a continuación. “No hay continuidad. Él vino a verme cuando empezó y le dije lo importante que era ocuparse de las clientas para crear una confianza y aconsejarlas bien. Pero él no las escucha, su colección de alta costura son 15 vestidos llenos de pedrería para países con mucho dinero. No tiene nada que ver con lo que hacíamos en la maison. Se presenta en prensa como una colección de moda, pero ¿es eso la moda? Si la clientela ya no está y no hay encargos, ¿como se puede esperar que haya vestidos, abrigos y faldas? Todo se limita a vestidos de noche bordados”.

A diferencia de lo que ocurre con Yves Saint Laurent, Chanel o Dior, no se han organizado tantas exposiciones sobre el trabajo de Givenchy. Destacan la del Fashion Institute of Technology de Nueva York en 1982 y la del Museo Galliera de París en 1991. Eloy Martínez de la Pera, que ejerce de comisario en este proyecto junto a Givenchy, lo atribuye a su modestia. El diseñador fue uno de los motores de lacreación del Museo Balenciaga de Getaria (abierto en 2011), pero no ha impulsado semejantes homenajes para sí mismo. De hecho, el comisario relata la emoción que el creador sintió al llegar al Museo Thyssen (directamente desde el aeropuerto, negándose a ir al hotel a descansar) y ver su nombre en la entrada. “Yo no merezco esto”, exclamó.

Cuando yo empecé la alta costura significaba algo. Balenciaga o Dior eran artistas. No se puede reemplazar ese talento

“Siendo uno de los grandes, no se comporta como tal. Al final de su última colección, quiso que salieran sus costureras a saludar y eso explica su carácter. No fue una pose”, razona Martínez de la Pera. Él ha seleccionado una quincena de pinturas para que dialoguen con los vestidos. Pero los cuadros -de Zurbarán, Rothko o Miró- se quedan en un segundo plano como si quisieran mostrar que la relación con el arte también fue menos obvia que la de otros colegas.

Así lo analiza el también diseñador Phillipe Venet, el mejor amigo de Givenchy desde los años cincuenta: “Yves Saint Laurent copiaba los cuadros exactamente sobre los vestidos. En este caso, la influencia del arte es más íntima y sutil. Se nota en las proporciones y en el uso del color”.

Hubert de Givenchy destaca por su refinado sentido del gusto. Nació en una familia que combinaba lo aristocrático con lo creativo y su trabajo proyecta la clase de familiaridad con la belleza que permite bordar un traje de novia con pedazos de plástico y que el resultado sea exquisito.

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Eso explica por qué su estilo fue tan del agrado de mujeres como Audrey Hepburn, Grace Kelly o Jackie Kennedy. Con la primera mantuvo esa legendaria relación entre musa y creador que todavía es uno de los matrimonios favoritos del cine y la moda. Se conocieron en 1954 cuando ambos eran jóvenes y extraordinariamente atractivos y su amistad continuó durante cuarenta años, hasta que la actriz murió en 1993. “¿Qué es la elegancia? La respuesta es fácil: Audrey Hepburn”, afirma.

Pero no es el archifamoso vestido negro de la película Desayuno con diamantes (1961) lo que mejor cuenta la fuerte carga sentimental de este proyecto, sino la gran fotografía de la actriz vestida de Givenchy que le acompaña. “No es una imagen perfecta, tiene ruido y la calidad no es suficiente para una reproducción de este tamaño”, admite Martínez de la Pera. “Pero su mirada explica la perfecta sintonía que existía entre ellos y de eso va esta exposición”.

 

De ELPAIS.COM

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